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Licantropía (Itinerario para una novela) / Lycanthropie (Itinéraire pour un roman)

14 juillet 2007

Resumen : Licantropía (Itinerario para una novela) es una larga narración hecha de documentos verdaderos y de falsos documentos. De voces de personajes, entra las que se cuenta la del propio novelista. De itinerarios vitales y de itinerarios literarios. De manuscritos reales y de manuscritos inventados. De cartas auténticas y de ficciones en forma de cartas. De cuentos, de confesiones, de exabruptos, de panfletos, de vodeviles, de fotos hechas de palabras y de fotos verídicas. El conjunto es un puzzle, un complejo artefacto que exige la complicidad del lector, y que el autor ha ideado para recrear la vida y la obra de otro autor maldito, Petrus Borel, y una época, y una ciudad, y un posicionamiento. Licantropía (Itinerario para una novela) tiene algo de manifiesto intelectual. En el fragmento elegido, Petrus, rodeado de amigos –Liszt, Victor Hugo, Théophile Gautier o Jean-Louis (personaje extraído de la obra de Petrus, que el autor de la novela hace pasar por real)-, evoca, mientras la peste sacude los cimientos de París, el suplicio de Damiens. La narración de los tormentos infligidos por Luis XV al ciudadano de Arras le sirve a Petrus (y al autor) para perpetrar un alegato contra la Monarquía.
Résumé : Lycanthropie (Itinéraire pour un roman) est une longue histoire faite de vrais et de faux documents. De voix de personnages dont celle du romancier lui-même. D’itinéraires réels et d’itinéraires littéraires. De vrais manuscrits et de manuscrits inventés. De lettres authentiques et de fictions en forme de lettres. De contes, de confessions, d’invectives, de pamphlets, de vaudevilles, de photographies faites de mots et de vraies photographies. L’ensemble est un puzzle, un artéfact complexe qui appelle la complicité du lecteur et que l’auteur a conçu pour recréer la vie et l’œuvre d’un auteur maudit, Petrus Borel, une époque, une ville et une situation. Lycanthropie (Itinéraire pour un roman) a quelque chose d’un manifeste intellectuel. Dans le fragment choisi, Petrus, entouré d’amis –Liszt, Victor Hugo, Théophile Gautier et Jean-Louis (personnage sorti de l’œuvre de Petrus, que l’auteur du roman fait passer pour réel)-, évoque, alors que la peste dévaste Paris, le supplice de Damiens. L’énumération des tourments infligés par Louis XV au bourgeois de Arras sert à Petrus (et à l’auteur) pour faire un plaidoyer contre la Monarchie.






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Esa misma noche, en casa de Antoinette, Liszt, invitado por Hugo, tocaba al piano la "Marcha hacia el cadalso" de la "Sinfonía Fantástica" de Berlioz. Aquel dandi húngaro se agitaba dentro de una levita larga y oscura que lo cubría como un papel arrugado. Los brazos y el cuello emergían de la prenda semejando extremos filiformes de un corazón esponjoso de música. Fuera, en la calle, hombres, mujeres, niños, morían inflamados, dejaban en las aceras las manchas de sus pústulas emponzoñadas. Liszt tocaba la "Marcha hacia el cadalso" mientras nosotros imaginábamos a todos los muertos de París, a los de la Revolución, a los que aún regresaban arrastrando sus cuerpos envueltos en sudarios de nieve y de sol desde la estepa rusa o desde las vaguadas de Bailén o de Zaragoza, a los que habían cubierto la distancia que separa el Palais-Royal de la Bastille.

Miré a Petrus. Fumaba en silencio, al lado de Antoinette y del ángel nacarado, como llamaba Gautier a Gabrielle, que dormía en el regazo de su madre.

Me pareció que no escuchaba el piano de Liszt.

Al acabar la pieza, el húngaro se encaminó hacia él, sacándolo bruscamente de su ensimismamiento :

-Petrus, Hugo me ha dejado el borrador de tu "Monsieur de l'Argentière, el Acusador Público". Sublime. ¡Qué fuerza en el horror ! ¡Qué espléndida esa Apolline subiendo al cadalso -veía su figura mientras tocaba la partitura de Berlioz-, tan digna y hermosa y pálida y con su cabellera, dices, más negra que el sacerdote que la acompaña sollozando ! Pasea su triste mirada sobre las cabezas de la turba que ha venido a contemplar su ejecución, mientras las comadres, las comadrejas podrías haber dicho, levantan el puño, furiosas contra la inocente infanticida, y los hombres, conmovidos por su belleza, le lanzan tiernos besos. Desde el centro de la Grève, divisa en un balcón los ojos fríos y despiadados de su violador, el mismo Acusador Público que la ha condenado a muerte, y entonces, flaqueándole las fuerzas, se desmaya en los brazos del ayudante del verdugo. Estalla de repente la lluvia. "¡Abajo los paraguas !" grita la muchedumbre, ávida de sangre, "¡no nos dejan ver !". Cae la cuchilla y se oye un rumor sordo que se transforma enseguida en un rugido de placer mezclado de espanto. Y aquí viene el final, la última frase, sublime, Petrus, sublime, no me cansaré de repetírtelo : "Y un inglés, asomado a la ventana por cuyo alquiler había pagado quinientos francos, ahíto de satisfacción, lanzó un sonoro very well mientras aplaudía arrebatado". ¡Peste de británicos !

-Selwyn.

-¿Cómo dices ?

-Pensaba en Georges Augustus Selwyn cuando escribí esa frase -explicó Petrus-. Ese maníaco es el más indigno representante de la interminable colección de ingleses que, por no sé qué extraña anomalía sanguínea, disfrutan y hasta obtienen placer sexual asistiendo a las torturas y a las ejecuciones. A Selwyn le gustaban esos espectáculos tanto como la tierna infancia, que también era objeto de sus miradas lascivas. Era un depravado de la peor especie. Cortesano, simpático, buen conversador, dadivoso con sus amigos, siempre dispuesto a hacer toda clase de favores, pero coleccionista de horrores. No sólo asistía a las ejecuciones, sino que se empeñaba en conocer hasta los más mínimos detalles de la vida del condenado. Le atraían los cadáveres de los suicidas o de las víctimas de un crimen, y le gustaba estudiar detenidamente el cuerpo de cualquier muerto al que hubiera frecuentado en vida. El 29 de marzo de 1757, Selwyn vino a París para no perderse ni un detalle del suplicio de Damiens. ¿Conoces la historia de este desgraciado ?

-Apenas -le contestó Liszt-. Cuéntanosla.

Todos los presentes formaron un círculo en torno a Petrus. Sólo Hugo siguió recostado en una otomana con un libro en las manos, sin aparentar atención.

-Damiens había atentado contra Luis XV, causándole un rasguño con su puñal. Pierre Damiens había nacido cuarenta y tres años antes en Arras. Así, era hijo de Artois, la región vecina de esa Picardía donde hundía sus raíces la dinastía lacayuna de los Sanson. Se aproximó al rey cuando, el cinco de enero de 1757, hacia las seis de la tarde, a la escasa luz de unos hachones, el monarca salía de palacio para subir a la carroza que debía llevarle al Trianon. Cuando se apoyaba en su Primer Escudero, el duque de Ayen, para subir al coche, Damiens empujó a dos guardias y trató de clavarle el puñal al rey en uno de sus costados. Luis XV exclamó : "¡Me han asestado un puñetazo !" El agresor consiguió huir, pero fue reconocido más tarde por el sombrero que aún no se había quitado. Ni siquiera quería descubrirse cuando más tarde le conminaron a hacerlo, respondiendo de esta manera : "Yo no me descubro la cabeza para mirar a los reyes". Le quemaron los pies para que denunciara a sus cómplices, o a los instigadores de su acto. Un viejo militar, el señor de Landsmath, le mostró al rey las cicatrices que, sobre su cuerpo, daban testimonio de su vida pasada : "Esto sí que son heridas. Lo vuestro, majestad, es un rasguño. Ibais forrado de chaquetas y de chalecos. El puñal no ha podido penetrar. Dentro de dos días estaremos juntos dando muerte a un buen ciervo". "¿Y si el puñal estuviese envenenado ?", preguntó entonces el rey. "La misma ropa habría limpiado la pócima, no temáis", le contestó el soldado. Quizá Damiens sólo quería demostrar la vulnerabilidad del soberano, o advertirle del destino que aguardaba a una monarquía que tiranizaba al pueblo. Voltaire cita una carta de Damiens en la que éste trata de explicarse : "Sire, decía más o menos, lamento haberos causado algún daño, pero tened en cuenta que, si no os ponéis del lado de vuestro pueblo, en pocos años, vos, vuestro Delfín, y muchos otros de vuestro entorno, pereceréis. Sería una lástima que un buen príncipe, fiel a la iglesia en la que confía, perdiera empero su vida". Cuando el duque de Croÿ, encargado de incoar el proceso, fue conducido a la celda de Damiens, encontró a un hombre fuerte, de suaves ademanes, al que sólo la fiebre producida por las quemaduras infligidas mantenía postrado. "Soy originario de las tierras de Artois, sí, y no encontrará jamás ningún rey mejores súbditos que los de Arras. No me merecía esta tortura." Por el contrario, el pérfido conde de Argenson, secretario de Estado para la Guerra que apenas un mes después caería en desgracia y sería destituido, no habiendo visto ni siquiera a Damiens, declaró que no hacía otra cosa que maldecir al monarca y enorgullecerse por haber intentado librar al pueblo de un tirano que lo condenaba a la miseria y al hambre. Los jueces lo consideraron un "fanático del pueblo llano", pues no lograron demostrar que obedeciera a ninguna conspiración. Damiens, durante el proceso, manifestó su contento por no haber dado muerte al rey, y en cambio se avergonzó de un robo sin importancia que había cometido con anterioridad. ¿Existían motivos pues para ejecutar a este pobre diablo ? Pero Luis XV, que se distinguía por su vileza, se negó a perdonarle la vida. Ordenó que su suplicio fuera uno de los peores que en la historia se han practicado. En la mente de aquel vil reyezuelo, taimado, torpe y concupiscente, había quedado grabado el miedo a la muerte, el escalofrío del filo del cuchillo, ese instante de pavor en el que sintió que alguien había osado poner la mano sobre su egregia persona, que al final de una vida de abusos podía haberle alcanzado, sin aviso previo, un accidente que sin duda no preveía su firme programa absolutista. A Damiens le aplicaron primero el tormento de las cuñas, que consiste en martillear unas finas falcas entre las articulaciones del reo, es decir, en rodillas, tobillos, pies y muñecas. Ocho le clavaron en las piernas, mientras el desgraciado no paraba de gritar que deseaba que le dieran muerte con la mayor rapidez posible. Los encargados de los tormentos fueron el maestro verdugo Charles Jean-Baptiste Sanson ; su hijo Charles Henri, que entonces sólo contaba dieciocho años, padre de nuestro actual funcionario, al que Jean-Louis y yo nos hemos dignado visitar esta misma tarde ; y media docena de ayudantes convocados para la ocasión, dados los complicados trabajos que se tenían que llevar a cabo. Y es que Luis XV, aunque la sentencia condenatoria entendía que no se había encontrado verdadera intención homicida en el acusado, ordenó que fuese descuartizado por cuatro caballos. Pero el descuartizamiento no se practicaba en Francia desde 1610, cuando lo sufrió Franz Ravaillac, que asestó dos puñaladas a Henri IV, produciéndole la muerte. Os leo la sentencia que el Tribunal de Justicia pronunció contra Ravaillac ; Henri Sanson me la ha dado esta tarde, copiada de su puño y letra. Nuestro hombre es un gran coleccionista de documentos atroces. Me da que él o su hijo pretenden algún día escribir unas memorias auténticas, no como esas apócrifas que el señor Balzac y algunos amigos suyos hicieron circular hace pocos años. Dice así : "Franz Ravaillac, convicto y confeso de un delito de lesa majestad divina y humana en la persona de nuestro rey Henri IV, de santa memoria, es sentenciado a sufrir honrosa penitencia frente a la puerta principal de Notre-Dame de Paris. Será allí conducido en una jaula, vestido tan sólo con una camisa y portando una vela de dos libras en cada mano. Se declarará culpable de su abominable y criminal asesinato. Manifestará sentir remordimiento y pedirá perdón a Louis XIII, hijo del soberano a quien dio muerte, y a la Justicia de la patria. De allí se le conducirá del mismo modo a la Grève, donde, en el cadalso, se procederá a arrancarle con tenazas trozos de carne de las tetillas, de los brazos, de los muslos y de las nalgas. Su mano derecha, empuñando el ominoso puñal que le sirvió de arma asesina, será quemada con azufre encendido. En los huecos que habrán dejado los pedazos de carne arrancada, se echará plomo derretido, agua, aceite y azufre bullentes. Cuatro caballos separarán cada uno de sus miembros del tronco y de la cabeza. Los fragmentos del condenado serán entregados a la Corona como prueba del cumplimiento estricto de esta sentencia. Se arrasará la casa donde el criminal tenía su residencia, indemnizando al propietario. Nunca en el futuro se podrá construir otra vivienda en el solar despejado. Una vez hecha pública esta sentencia en la ciudad de Angoulême, a toque de clarín, los padres del condenado dispondrán de un máximo de quince días para abandonar el Reino de Francia, no pudiendo nunca regresar a él. Hermanos, tíos y primos, si no quieren correr la misma suerte, deberán cambiar el apellido Ravaillac, si lo portan aún, por otro de su elección. Antes de la ejecución que esta sentencia indica, el condenado será sometido al potro de los tormentos y al suplicio de las cuñas, por ver de extraer de su boca la filiación de sus cómplices. El Procurador Real General hará pública esta sentencia y se encargará del estricto cumplimiento de la misma". Vuelvo a Damiens. Los verdugos no tenían ninguna experiencia en la práctica de los tormentos previstos. Tras las cuñas, se procedió a quemarle la mano homicida. En un brasero ardían carbones encendidos mezclados con azufre. Damiens tosió varias veces, probablemente por causa del humo y, mientras los ayudantes aseguraban las argollas que lo sujetaban por el pecho y las caderas a una plataforma situada a poco más de un metro del suelo, pareció lanzar un tierno adiós a su mano derecha, pues no dejaba de mirarla con tristeza. No paraba de rezar, y se le oía pronunciar con amargos suspiros : "Señor, ¿qué he hecho yo para merecer esto ? ¿Tan grave es mi delito ?" Le sujetaron el brazo a una tabla, dejando la mano que aferraba el arma flotando en el aire. Al arrojarle el azufre ardiente, lanzó un grito tan horrible que toda la plaza pudo escucharlo. Luego levantó la cabeza y observó su mano encendida, como si ya no sintiera dolor alguno. Pero le crujían los dientes. Apenas tres o cuatro minutos duró esta segunda parte del suplicio. ¿Qué pensó durante ese tiempo ? ¿Qué retazos de vida cruzaron por su mente ? ¿Lamentó quizá haber nacido ? ¿Sintió una lástima infinita de sí mismo ? ¿Maldijo a sus progenitores ? ¿O la imagen del niño que alguna vez fue, consolado siempre en sus pesares más inocentes e insignificantes por las dulzuras de una madre, se interpuso entre él y los verdugos intentando mitigar el sufrimiento físico ? ¿O acaso se encomendó a la Virgen que entregó el cirio milagroso, allá por el siglo XII, a dos troveros de Arras para que, derramando dos gotas de su cera derretida en un vaso de agua, curaran a los apestados de erisipela gangrenosa, más conocida como el mal ardiente, o el mal de las ascuas ? ¿Qué portento podía librarle a él del fuego de los hombres ? ¿A quién odió, a los ejecutores o a la turba que había acudido a contemplar su lenta agonía ? Lo peor aún no había llegado. Prosigo. Ninguno de los verdugos se atrevía a realizar la tercera parte del suplicio, que consistía en el "atenazamiento" que antes he descrito a propósito de Ravaillac. Temblaban ante la idea de empuñar la herramienta y acercarla a la carne del reo. Le ofrecieron cien libras a un criado, un tal Legris, que aceptó de inmediato. El dinero hace milagros. El infame iba arrancando pedazos y derramando aceite hirviendo en unas heridas, pez caliente, resina, cera o azufre en otras, y plomo derretido en las más hondas, aquellas en las que había logrado desgarrar incluso jirones de músculo. Damiens hizo gala, entonces, de lo que nuestro verdugo ha llamado esta tarde "el éxtasis del dolor" : se le erizaron los cabellos, los ojos le saltaban casi de las órbitas, torcía la boca horriblemente mientras alentaba a su verdugo a que siguiera adelante, a que se diera prisa, a que hiciera cuantas más heridas pudiera. Aquel suplicio duró casi quince minutos. Cabe imaginar otro tipo de sensaciones orgiásticas entre los muchos desalmados que allí se agolpaban. ¡Cuántos miserables, ante el pecho desgarrado de Damiens, exprimirían con sus manos los de alguna muchacha aturdida o frotarían su pelvis contra las nalgas de mujeres que lanzaban suspiros agitados, presas de ese placer inmundo y animal que duerme en su seno y que aguarda la más pequeña oportunidad para despertarse y cubrir de vergüenza a quien lo experimenta ! Después bajaron a Damiens de la plataforma y lo dispusieron sobre la Cruz de San Andrés, casi a ras de suelo. Engancharon un caballo a cada uno de sus miembros. Damiens no abrió los ojos, aunque hizo un gesto de asentimiento al cura que se acercó en ese momento a decirle unas hipócritas palabras de consuelo. Se puso de nuevo a rezar, a invocar a Cristo y a María Santísima. Azuzaron con látigos a los caballos. Uno de ellos cayó al suelo de tanto tirar. Un comerciante que asistía a la ejecución ofreció entonces el suyo. Pero los esfuerzos de las cuatro bestias parecían inútiles. Los brazos y las piernas de Damiens se estiraban cada vez más, y no se llegaban a arrancar. Resoplaba el hombre tanto o más que las bestias, con un sonido ronco y hondo. Ya no decía nada. ¿Pensaba aún, o lo impide, alcanzado ese punto, la magnitud del sufrimiento ? ¿El deseo de terminar ocupa cualquier otra reflexión ? El cura perdió el conocimiento. Algunas autoridades se tapaban la cara para no seguir viendo. Los verdugos pidieron a los comisarios que presidían la ejecución permiso para dar unos cortes en las junturas de los miembros de modo que el suplicio se abreviara. Pero los probos hombres, por el momento, se negaron. "Hay que prolongar aún más el sufrimiento", dijeron, "y que el pueblo no pierda la ocasión de aprender cómo muere un regicida". Más tarde, accedieron. Legris, con la ayuda de un hacha, practicó hendiduras en las ingles y en los sobacos de Damiens. Se desprendió primero una pierna, luego la otra, y poco después uno de los brazos. Ya con un solo miembro, Damiens abrió los ojos al cielo y expiró. Quemaron sus restos en una hoguera. Y se pudo observar lo que a algunos les pareció un prodigio : los cabellos de Damiens, castaños antes del suplicio, se habían vuelto blancos como el algodón. Un fenómeno curioso, algo jamás visto, decían los más estúpidos. La ejecución había durado más de dos horas. ¿Qué hizo durante ese tiempo el monarca ? Ah, no se necesita una pluma muy diestra ni muy dotada para imaginarlo, a no ser que la furia que nos provoca el hacerlo nos conminara a arrojarla lejos de nosotros, o a partirla en dos pedazos, renunciado así a la empresa de indagar en ese exquisito intervalo del poder soberano. Aquel mismo día el rey se comportaría con su naturalidad habitual ante los lacayos que le sirvieron la cena. Calentaría el café de la sobremesa él mismo, pues le gustaba vivir ese momento sin camareros a la vista. Jugaría a su juego de cartas preferido, la "cometa", con Madame de Pompadour, con el conde de Noailles, o con el duque de Croÿ. Luego, obedeciendo a una indicación de su amante, el rey abandonaría el salón entre las reverencias de sus amistades privadas, y se retiraría a su aposento más íntimo donde la dama se encargaría de proporcionarle un sueño apacible y descargado. Hacía ya horas que Damiens dormía el suyo. La plaza olía aún a carne quemada. Las cenizas de Damiens habían sido esparcidas al viento. Luis XV, con gran contento, colmada su sed insaciable de venganza, recompensó con seis mil libras de pensión a los jueces que se habían ocupado del caso, con dos mil al primer secretario y con quinientas al escribano. ¿No conocíais la magnificencia real ? En cambio, Charles Jean-Baptiste Sanson tuvo que afrontar varios días de calabozo por su falta de habilidad y, sobre todo, por haber solicitado de un criado que realizara una parte fundamental de su trabajo. Ahora, oídme bien : os digo que un acto así, de una crueldad semejante, marca con una señal indeleble no sólo al rey que lo ejecuta sino a toda su descendencia, a cualquiera que porte una sola gota de sangre, legítima o bastarda, cuyo origen se hunda en su maldita y perversa saga. ¿Pedirá perdón esa descendencia ante los horrendos crímenes perpetrados por la institución a la que representa ? ¿Hay algo que justifique semejante tiranía ? ¿Existe un solo argumento, por nimio que sea, que la haga soportable ? ¿Se puede humillar el cuerpo, ese templo que habitamos, hasta tal grado ? ¿Cómo y de qué nos desposee la tortura ? ¿A qué nos reduce ? ¿No es la peor de las humillaciones, mucho más infame que la propia muerte ? ¿No nos despoja de golpe de nuestra humanidad ? ¿No nos expulsa definitivamente del género al que nos han hecho creer que pertenecemos ? ¿No nos excluye para siempre ? Pues bien, ¿qué hacía Selwyn en aquel escenario ? Cuenta un testigo que, al ver que había manchado su traje por efecto del orgasmo que en algún momento experimentó, no pudo por menos que preguntarle : "¿Acaso es usted verdugo ?" A lo que Selwyn le respondió : "Oh, no señor, de ningún modo, no gozo de ese privilegio. Sólo soy un aficionado."

Hacía un rato que Hugo había levantado los ojos del libro y escuchaba en silencio.

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Escritores españoles (2007/07).
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